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El otro día, en las vacaciones de invierno que pasé en Madryn, mi sobrino Blas se puso muy triste.

A las 16 hs bajó de la camioneta de mi hermano, preparado para nuestra cita de juego, y rompió en un llanto desconsolado al darse cuenta que Felipe, su primo menor, no participaría de esa tarde de juegos.

Yo no sé por qué pensó que venía: nadie se lo dijo, y Felipe tenía una cita esa tarde con el médico, por lo cual cuando vio sólo a su tía -quién les habla- sin Feli de acompañante se puso muy mal.

Mi hermano tenía clases de carpintería así que salió corriendo y yo intenté tomar a Blas de la mano, pero corrió a esconderse al jardín delantero de una casa.

Blas, no estés mal, ¿queres que vayamos a la calecita? intenté convencerlo. Pero enseguida expresó su negativa, con esa cara que ponen los nenes cuando descienden las cejas hasta casi pegarlas al párpado.

¿Queres que vayamos a comer churros con dulce de leche a esa panadería que te gusta? -Esta estrategia no podía fallar, Blas adora los churros con dulce de leche-.

"NO".

¿Querés que vayamos a caminar por la playa? -Con esto iba a aflojar, era inminente, ¿a qué niño no le gusta ir a ensuciarse a la playa?-

"NO QUIERO."

Bueno, ¿qué te parece si vamos al shopping a jugar a Sacoa?

"NO QUIERO IR A SACOA"

Blacito seguía a medio llorar y a medio mandarme a la mierda con su mirada y a mí se me acababan las ideas. Ya había nombrado todas las actividades que sabía, le gustaban, pero no había caso con el niño: estaba enojado porque no era yo con quién quería pasar la tarde, y no tenía problema en hacérmelo saber. Ya habían pasado 20 minutos desde que mi hermano me había entregado al bodoque, y yo seguía sin poder sacarlo de la planta en donde se escondía, negándose a salir.

De repente, pude sentir como se me prendió un foquito de idea, como muestran los dibujos animados. Rememoré cómo, ese mismo día a las 12 PM, mi viejo me hablaba -otra vez- enamorado de sus nietos y de todas las ocurrencias que ellos tenían cada día.

"Blacito ahora está como loco con los animales" -me había comunicado Juan Carlos- mirá, si hoy lo vas a cuidar, preguntale por los caracales.

"¿Qué es eso?" -le había cuestionado yo, extrañada- Cuando yo era muy chica, tenía unos libros de animales de todos los Reinos que leía una y otra vez, por lo cual me jactaba de conocer bastantes. Pero el caracal no me sonaba para nada.

"Un felino, no sé, que el te cuente, le encantan"

Cuando me acordé de dicha conversación, imaginé que tenía el as de espadas. Aunque un poco incrédula, porque ya me había rebotado 4 actividades, miré a mi sobrino y le dije

"Blas, ya se qué podemos hacer. ¡Vamos a la playa a cazar caracales!"

Blacito se dio vuelta como en esas películas de terror cuando el personaje está poseído. No de una forma tan tenebrosa, pero definitivamente de esa forma rápida en la que se voltean.

Me miró, muy serio.

Con un esfuerzo notable, salió de la planta en donde estaba escondido, en ese jardín delantero de Avenida Roca.

"Los caracales viven en África, acá no hay" me regañó el pequeño. Mientras se lamentaba por la ignorancia de su tía en cuanto a felinos africanos, me daba la mano cayendo así en mi trampa para calmar su enojo y comenzaba a caminar.

"¿Ah, sí? ¿Y qué son? Yo no los conozco" -rematé-

"Es un felino carnívoro. Acá podemos ver zorros, si queres podemos ir a buscar zorros"

"Bueno mi amor, vamos a buscar zorros".

Y así, de esta forma para nada sencilla, gané otra batalla con mi sobrino -de esas que siempre parecen perdidas-

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